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El hombre que sabía

“Mrs.Bingley, secretaria de dirección de un importante negocio de exportación de Londres, tomaba cada tarde un tren de cercanías en la estación de Euston para volver a su casa. Una tarde, sin comprenderlo, atravesó toda la estación y se instaló en un tren con destino a Escocia. Tuvo que esperar la salida durante más de media hora, pero por miedo a cambiar de opinión no bajó ni para comprar el billete. Sabía muy bien que iría hasta Glasgow, a casa de su padre, pero no sabía el motivo. Tampoco sabía por qué no llamaba a su casa para prevenirlos, o lo que hubiera sido más sencillo, a casa de su padre en Glasgow para saber si todo iba bien. Ir allí se había convertido simplemente en la cosa más importante. Mientras el tren avanzaba en la noche, Mrs. Bingley intentó razonar, comprender. ¿Cómo y por qué una mujer equilibrada, ponderada, reflexiva, podía dejar a sus hijos y a su esposo en aquella inquietud? No halló respuesta ni pudo conciliar el sueño. Afortunadamente, llevaba suficiente dinero en su bolso para poder satisfacer el importe del billete cuando pasara el revisor.

En el albor de un día frío y lluvioso, Mrs. Bingley se encontró en las húmedas calles de Glasgow. Llamó a un taxi y se hizo conducir directamente a casa de su padre, que vivía sólo en una gran casa de los alrededores, desde el fallecimiento de su esposa. Cuando al fin llegó, saltó del taxi y corrió hacia la casa que parecía desierta, sin humo y sin ninguna luz. La puerta no estaba, sin embargo, cerrada con llave y pudo entrar. Sin esperar, subió directamente a la habitación de su padre. Las cortinas estaban echadas y la habitación oscura, pero oyó la voz de su padre que le decía.

-¿Eres tú, Edith?

El anciano acababa de despertarse y se había encontrado incapaz de moverse, abatido por una parálisis parcial. La víspera, por la noche, se había acostado a su hora habitual, hacia las 11 horas, después de haber visto la televisión.

-Es espantoso el miedo que habrás pasado –dijo Mrs. Bingley a su padre una hora más tarde, tras la visita de un médico y la llegada de una enfermera.

-¿Miedo? No –Respondió tranquilamente el anciano-. Sabía que tú llegarías de un momento a otro.

Del libro “Les Fauts Maudits” de George Langelaan

c.b.


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