En la última estapa de su vida, Santiago Ramón y Cajal se interesó sobre el misterio del Más Allá. Estaba fascinado por los sueños y la psicología profunda. Todas las mañanas, Cajal apuntaba los sueños que había tenido la noche anterior y llegó a pagar a una médium zaragozana para llevar a cabo algunos experimentos de espiritismo. La mujer, que afirmaba estar inspirada por el ángel San Gabriel, contestaba a las preguntas a través del espíritu de una hermana suya, momja, muerta hacía tiempo. Cajal descubrió el engaño. La fantasmal figura no era otra que la de la misma médium, que se disfrazaba y producía una deformación del rostro utilizando trozos de goma que se metía en las fosas nasales y la boca.