Los matrimonios y divorcios durante el Imperio Antiguo estaban regulados por contratos meramente económicos establecidos por la pareja. La mujer tenía los mismos derechos que el hombre ante la ley; podían heredar, conservar y disponer de sus bienes sin consultar con el marido. Además, éste no podía imponer ningún tipo de limitación en la forma de vestir o exhibir sus encantos. De hecho, el sabio Ptahhotep (2400 a. de C.) llegó a advertir que el lucimiento de los cuerpos semidesnudos de las mujeres suponía un riesgo parea la estabilidad conyugal o emocional de los varones.