Un domingo, al acabar el servicio religioso, un feligrés entró en la sacristía de la iglesia con la intención de que le hicieran efectivo un cheque, ya que, según explicó “todos los bancos están cerrados y ando corto de fondos”. Quería extender un cheque por el importe del dinero suelto del cepillo de las limosnas: sólo por los billetes y monedas que no fueran en sobres. Los acólitos estuvieron de acuerdo y la situación se repitió en varias ocasiones. Puesto que los acólitos cambiaban cada semana, tardaron algún tiempo en darse cuenta de que la misma persona estaba extendiendo un cheque semanal de entre 10 y 40 dólares a nombre de la iglesia. Al final se percataron de que estaba obteniendo una deducción de impuestos por hipotéticos donativos y sin gastar un solo centavo.