Los dos autoestopistas Un representante viajaba en su coche de Seattle a Spokane a última hora del día y se dio cuenta de que se iba quedando dormido. Tomó la decisión de recoger a un autoestopista para que le mantuviera despierto. Apenas rebasó Vantage vio a un hombre con el dedo extendido.
Nada más subir el hombre al coche, el representante temió haber cometido un error. El hombre era cuarentón, iba sin afeitar y mal vestido, apenas hablaba y empezó a mirar por el coche como si buscara algo que mereciera la pena robar.
El hombre decidió recoger a otro autoestopista, con la esperanza de ganar algo de seguridad. Antes de llegar al pueblo de George vio a otro hombre que hacía dedo y le recogió.
El nuevo pasajero era un joven de aspecto limpio que parecía dirigirse a la universidad. Este último se sentó en el asiento trasero, detrás del primer pasajero. Sin embargo, el alivio del conductor duró poco, porque tan pronto como el coche entró de nuevo en la autopista , el joven sacó una pistola y le ordenó que se detuviera.
Cuando el coche aparcó en el arcén, el joven obligó a los otros dos a apearse con una señal de la pistola.
Al hacer aquel gesto la pistola dejó de apuntarles y el pasajero del asiento delantero se lanzó sobre el de atrás y dejó al joven ladrón inconsciente de un certero derechazo. El hombre mayor se guardó la pistola y le sacó la cartera al aspirante de ladrón.
- Cuarenta dólares –informó al representante-. Veinte para ti y veinte para mí.
- No, gracias –respondió el representante, feliz de haberse librado del robo. El mayor se encogió de hombros; ahora se mostraba comunicativo y charlatá.
- Es nuevo en el negocio –dijo refiriéndose al joven-. Tiene que aprender que una pistola no es un puntero. Yo llevo veinte años en el negocio. Ya no cometo errores estúpidos.
Ante la mirada horrorizada del viajante, el hombre soltó una carcajada.
Ah, hoy no trabajo. Sólo voy a Spokane de visita. |