En cierta ocasión, una luz se encendió en la mente de Demócrito (470-400 a. de C.) tras oler un pan recién horneado. Al preguntarse de qué modo el pan dejaba notar su presencia en el interior de la nariz, el filósofo risueño, pues así era llamada por sus amigos, llegó a la conclusión de que en el aire flotaban diminutas partículas que transportaban las propiedades de este alimento. Dedujo que las partículas eran invisibles para el ojo humano, pero perceptibles por el olfato. También llegó a la conclusión de que era posible fraccionar un trozo de pan en migas cada vez más pequeñas, pero no de forma indefinida. A estas partículas las llamó átomos, que en griego significa precisamente indivisibles.