Cuentan diversos autores de manera más o menos imaginativa que un día, estando tumbado a la sombra de un árbol, el joven Sir Isaac Newton vio caer una manzana. Fue entonces cuando le vino a la mente la noción de la gravitación. Sumido en un estado contemplativo, el físico de Woolsthorpe pensó para sí mismo lo siguiente: ¿Por qué la manzana debe siempre descender a la tierra? ¿Por qué no va hacia un lado o hacia arriba, sino constantemente hacia el centro de la tierra? Estas y otras cuestiones similares le llevaron a pensar que la misma fuerza que atraía a los objetos hacia el suelo era la que mantenía la Luna ligada a nuestro planeta. De este modo, Newton formuló la ley de gravitación universal, que viene a decir que todos los cuerpos se atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas en inversamente proporcional al cuadrado de su distancia. No obstante, el físico no propuso completamente esta ley hasta que publicó su prestigiosa Principia, en 1687, unos veinte años después del incidente con la manzana.