Siguiendo los pasos de su padre, el químico francés Berbard Courtois abrió una fábrica de salitre –o sea, de nitrato potásico- cerca de París. El componente potásico del salitre se producía a partir de la ceniza de madera y el nitrato se obtenía de la materia vegetal en descomposición. Para abaratar la producción, Courtois empezó a utilizar algas marinas como fuente de potasio. La combustión de las algas producía un residuo fangoso que había que retirar periódicamente de los depósitos. Para su eliminación se usaba un ácido. Un día de 1881, al utilizar un ácido más potente de lo normal, aparecieron unos vapores de color violeta. Al entrar en contacto con la superficie fría y oscura del depósito se formaban unos depósitos de cristales de aspecto metálico. El galo se había topado con un nuevo elemento, el yodo.