Durante unas vacaciones de Semana Santa, el estudiante de 18 años William Henry Perkin (1838-1907) decidió fabricar en su laboratorio casero quinina –el único fármaco efectivo contra la malaria- de forma artificial. En un primer intento utilizó como material de partida toluidina, un derivado del alquitrán. En lugar del producto esperado obtuvo un lodo pardorrojizo que tiró por le fregadero. Pero no se dio por vencido y decidió intentarlo con un material más simple, la anilina. Al final del experimento tampoco apareció la quinina, sino un decepcionante sólido de color negro. Pero al examinarlo antes de tirarlo, Perkin notó que el agua o el alcohol usado para lavar el frasco se volvía púrpura. Sin quererlo, el joven había elaborado el primer tinte sintético, que llamó malva.